El Síndrome del Nido Vacío

October 3, 2016

 

En la película “El nido vacío” de Daniel Burman (2008), el protagonista le pregunta a su mujer “si esto es verdad”, en alusión a la experiencia de volver a estar solos tras la partida de sus tres hijos. Y es que esta sensación de incredulidad, intencionada de alguna forma, protege al progenitor ante la deriva inevitable de que sí, que ahora sí, los hijos se han ido.

El síndrome del nido vacío, aunque pueda sonar algo patológico, no es más que esa amalgama de sensaciones negativas que comparten todos los padres que en esta época del año vuelven a encontrar su casa vacía ante la partida de sus descendientes. Una situación más que común en el mes de Septiembre/Octubre, cuando bien sea por el inicio del curso universitario, o por la reincorporación laboral tras las vacaciones, los hijos abandonan el nido. Se trata de un momento complicado caracterizado por sentimientos de tristeza, vacío, soledad e incertidumbre.

Ahora bien, ¿realmente esta circunstancia coyuntural supone un problema para los padres? ¿o entraríamos en el eterno debate de psicopatologizar la vida cotidiana? Pues como todo, va a depender del individuo y sus circunstancias, encontrándonos a padres para los que este momento resultará una plena satisfacción ante la consecución de sus objetivos educacionales, y otros para los que este momento supondrá una desorientación absoluta en cuanto a la percepción de sí mismos y el devenir de su vida. Fijémonos en estos últimos, ¿Qué puede llevar a un padre a experimentar problemas psicológicos derivados de una situación temporal que, además es ley de vida?:

  • El hecho de ser la primera vez que un padre se separa de su hijo.

  • Relaciones de pareja basadas exclusivamente en el cuidado de los hijos, apareciendo crisis conyugal y riesgo de ruptura.

  • Relaciones paterno filiales en las que se han fomentado altos niveles de dependencia mutua versus autonomía personal de los hijos.

  • Padres que experimentan culpabilidad derivada de una relaciones previas tensas.

  • Concepción de la situación como un abandono o una pérdida, desarrollando sintomatología afín al duelo.

Todos estos casos pueden hacer que lo que consideraríamos sentimientos normales durante un periodo de tiempo, se prolonguen, fraguando alteraciones psicológicas fundamentadas en la melancolía, la ausencia de concentración, preocupaciones excesivas, fatiga o incapacidad para encontrar placer.

¿Qué podemos hacer para evitar estas situaciones?:

  • Aceptar la ida como una situación en la que vamos a experimentar emociones negativas que serán normales y que se desvanecerán con el paso del tiempo y la adaptación a la nueva situación.

  • Adoptar una actitud de crecimiento y satisfacción, asumiendo que no se ha perdido al hijo sino que va a transformarse la forma de relacionarse con él, abriendo nuevas posibilidades.  Para la mejor adaptación familiar será importante el trabajo que se haya realizado el año previo a la partida.

  • Volver a reencontrarse con la pareja, desde la paciencia y el respeto a la nueva situación, pero con la ilusión de retomar una esfera íntima a veces olvidada, y abrir las puertas a nuevas actividades. Aquí será fundamental las comunicación.

  • Mantener el contacto con el hijo que se ha ido, e intentar que este también lo haga con los hermanos que se han quedado.

En definitiva se trata de un paso más en el desarrollo de la familia, en el que el dolor será inevitable pero el sufrimiento opcional.

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