Niños burbuja

November 28, 2016

 

Cuando hablamos de sobreprotección nos referimos a la actitud que adquieren algunos padres generando conductas más infantiles de las que le corresponde al niño/a por su edad, o no dejar que los niños/as realicen determinadas tareas  porque a los padres les sale mejor o acaban antes. Existen situaciones donde los padres y madres pretenden que sus hijos/as no sufran por ningún motivo haciéndole la vida más fácil, anticipándose a cualquier necesidad o demanda.

 

No debemos confundir protección con sobreprotección, el primero es fundamental para la supervivencia de nuestros hijos/as ya que necesitan nuestros cuidados, sin embargo sobreproteger a un hijo es ir más allá de cubrir y satisfacer sus necesidades y cuidados básicos. Sobreproteger es pensar por él, tomar decisiones por él, solucionar todos los problemas por él, vivir por y para él.

“No toques eso que te haces daño”, “No vas a ir a dormir a casa de tu primo porque te despertarás por la noche y te dará miedo”, “No vas a la excursión porque puede ser peligroso”. Con estas frases, solo infundimos miedo a nuestros hijos/as y la sensación de que el mundo es peligroso. Si nos pasamos la vida advirtiéndoles de absolutamente todos los “peligros”, por improbables o insignificantes que sean, que pueden encontrarse en su vida, caminarán por el mundo con miedo a “lo que pueda ocurrir”.

 

Como padres y madres debemos dotarles de las herramientas para que sepan afrontar y solucionar las dificultades por ellos mismos, ya que corremos el riesgo de que sean  incapaces de enfrentarse a ellos e incluso acaben siendo dependientes de alguien que les “saque las castañas del fuego” cada vez que se encuentren en una situación complicada. Es nuestra tarea como padres y madres llevar a cabo esa guía desde el respeto, teniendo en cuenta su necesidad de ser autónomo, por ello, la protección que se les dé en casa debe ser justa y necesaria, sin sobreproteger, y que le permita desarrollarse como niño/niña autónomo/a, sin temor a explorar el mundo que lo rodea.

 

Los padres y madres sobreprotectores suelen ser muy permisivos, siendo incapaces de poner límites y normas claras, no estableciendo consecuencias, por miedo a dañar a sus hijos, cuando realmente las consecuencias sirven para educar, no para dañar. Tampoco les exigen obligaciones ni responsabilidades que por edad puedan realizar alegando que “el niño/niña no quiere hacerlo”, “lo hacen mal”, “pobrecito/a  es muy pequeño”. Estas frases en ocasiones son oídas por los propios niños/niñas fomentando en ellos un sentimiento de inutilidad y sentimiento de fracaso, creando perturbaciones en la autoestima. Si tu hijo o hija percibe que no sabe manejarse por la vida por sí mismo/a o que nunca toma la iniciativa en nada, su autoconcepto será, desgraciadamente, el de un “inútil”, desarrollando carencia de recursos, estrategias y habilidades. Los niños y niñas hiperprotegidos suelen presentar más miedos, conflictos emocionales y ansiedad.

 

Algunos consejos básicos para fomentar la autonomía desde pequeños serían:

 

•    Ofrecerles alternativas en sus elecciones, lo que incentiva la toma de decisiones y la aceptación de las consecuencias de sus actos.

 

•    Ofrecerles nuevos retos que supongan un incremento en la dificultad y valorar el esfuerzo que realizan al enfrentarse a ellos: dejarles hacer cosas solos. La etapa del “yo sólo” por la que pasan los niños puede ser muy estresante para los padres pero es fundamental para el correcto desarrollo de los niños y debemos ayudarles pero no impedirles que desarrollen actividades por sí mismos.

 

•  Estimular su razonamiento, no ser los primeros en ofrecer respuestas a sus preguntas fomentará su capacidad de llegar por si mismos a soluciones.

 

•    No desanimarles, evitar caer en la tentación de protegerles de posibles fracasos.

 

•    Evitar que dependan exclusivamente de nosotros para resolver los problemas.

 

•    Fomentar su autonomía, anotando los logros que va consiguiendo y reforzarlo por ello.

 

•    Explicar paso a paso lo que tengamos que enseñarle hasta alcanzar su autonomía.

 

•    El juego como herramienta de aprendizaje.

 

La mayoría de los niños funcionan muy bien con rutinas, por lo tanto será imprescindible conseguir que esos hábitos se conviertan en rutinarios. Con una práctica adecuada, los hábitos se adquieren de 20 a 30 días.

 

 

 

 

 

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